Rosas a la Virgen por el mes de María (día 8)

OCTAVO DÍA:

María, Madre de la fe; ¡ayúdanos a sustentarla y a defenderla! El meditar sobre la vida y los dolores de la Virgen, nos debe de llevar, además de amarla y valorarla más como Madre y Mujer, a entender la misión tan grande que le ha concedido su Divino Hijo, de ser Aquella que lleve a los hombres de vuelta al Cielo, y el honor que el Padre le ha otorgado, de coronarla como criatura predilecta, haciéndola Reina de Cielos y Tierra, en Su Gloriosa Asunción.

Ella, Madre nuestra, espera que depositemos en su Inmaculado Corazón, nuestros dolores, sufrimientos, batallas y penas diarias, pues “Ella, cuida de todos nosotros ahora en su condición gloriosa, para que la Iglesia, y cada uno de los que la componemos, acojamos con la más amplia disponibilidad de fe y de amor la intercesión que la Virgen nos ofrece” (Del libro María, Corazón de la Santísima Trinidad).

Podemos, en estos breves momentos, meditar acerca de cómo sería la vida de María en el pueblo de Nazaret, donde Ella y el Niño, junto a San José, vivían pobremente como cualquier familia del pueblo. Cuando decimos “como cualquier familia”, no nos referimos literalmente a cualquiera, pero si tomamos las palabras de la Biblia en Hebreos 4, que hablan de Jesús, “Dios lo hizo semejante en todo a nosotros, menos en el pecado”, entenderemos que también a la Virgen Madre, la hizo en todo semejante a la mujeres sencillas y pobres del pueblo, menos en el pecado.

Por eso podemos imaginar el estilo de vida sencillo que María tenía en el Hogar de Nazaret: María cocina y se quema. Se le tira la sopa y se mancha el delantal; Sacude los pocos muebles que tiene, barre y asea la casa. Tiene que ir varias veces a la pila o arroyo del pueblo, a sacar agua para su consumo diario. Ayuda y acompaña a San José a los bosques cercanos por leña, para la preparación de los alimentos. Acude una o dos veces por semana a las orillas de la quebrada o arroyo, a lavar la ropa como todas las mujeres pobres de la vecindad. A Ella también, mientras realiza sus remiendos o teje para Jesús y San José, se le cae la madeja de hilo, gira y se desenrolla, y con un suspiro, se levanta y la recoge. Seguro tenía que llamar la atención al Jesús Niño, porque ha encontrado frutos caídos, y los ha estado comiendo fuera de horas, y eso hace que se le quite el apetito para el almuerzo, o si están verdes, que “se le suelte la panza”.

No nos la imaginemos en éxtasis todo el día: Ella también trabaja duro para ganarse el pan con el sudor de su frente y ser un apoyo para San José, como hacen la mayoría de las mujeres diligentes y responsables del mundo.

Las manos de María, aunque de un color y forma angelical, limpias y finas, pero enrojecidas de tanto lavar ropa y moler los granos en la piedra. Porque Ella sabe que, moliendo grano, lavando y limpiando, se puede llegar a ser santo y darle con eso, Gloria a Dios.

Es por todo eso que la Virgen María tiene toda la autoridad moral ante los hombres (por supuesto, primero la bendición y el favor especial de Dios), para ser intercesora de la humanidad doliente, ya que en su propia vida, Ella experimentó todos los dolores y situaciones adversas de las cuales hoy día, el hombre sufre y se angustia: la pobreza, la orfandad a temprana edad, el trabajo cansado, la injusticia, el hambre, la persecución, las tareas domésticas, salir de la propia tierra y vivir como inmigrante, y mucho más…

Llamamos a María “Madre de la fe,” no solamente porque es que Ella quien ha traído al mundo a LA PALABRA, Dios, hecho carne, sino también porque Ella, a través de su ejemplo, humildad y sencillez, que resaltan aún en los pocos versículos con los que el Evangelio se refiriere directamente a Ella, se nos presenta como la mujer de oración, meditación y estudio que era.

A través de la tradición de la Iglesia, aprendemos que María, es la que custodia la fe que es entregada como don por el Espíritu Santo a todos sus hijos, para que siendo Ella “Abogada y Auxilio”, nos ayude a llegar más fácil y rápidamente a Jesús.

Es Ella quien, con su vida, nos enseña que la fe que se pide con perseverancia y pureza de intención, es dada por el Espíritu Santo a manos llenas; que la vida es un caminar en gozo, cuando se tiene a Dios caminando con uno, y cuando todo lo que se hace, y las decisiones que se toman, están basadas en el ferviente deseo de cumplir la Voluntad de Dios en todo momento, sean situaciones importantes o en aquellas que menos lo son.

María nos enseña que siempre hay que caminar viendo hacia al Cielo, sin asustarse, sabiendo por fe que Dios está siempre con nosotros y nunca nos abandona; seguros de que Él, como en los tiempos de María y del Pueblo Judío, Obrará milagros y prodigios para ayudar a sus Hijos que, tomados de la Mano de la Madre del Cielo, en abandono y confianza en Él, se sostienen de pie ante las dificultades e incertidumbres del momento.

Terminamos contando una breve historia:

Sucedió ya avanzado el siglo veinte, cuando tres jóvenes drogadictos y con gustos impropios a las normas de la moral y el buen comportamiento, eran el dolor de cabeza de las colonias donde éstos vivían.

Los vecinos y conocidos de ellos les decretaron a los tres una “guerra fría”, que consistía en que nadie los invitaría más a ninguna fiesta, no los tomarían en cuenta para ningún evento, nadie los ayudaría, saludaría y menos daría dinero…

Los tres muchachos adictos, se dieron cuenta de que era terrible vivir en barrios donde nadie, pero nadie les demostraba el mínimo aprecio o preocupación, y muchísimo menos cariño.

Un día, en medio de la más depresiva impresión de desprecio y abandono, se dirigieron a un rio cercano muy caudaloso, con fuertes corrientes y aguas tumultuosas por las fuertes lluvias que se habían estado registrando en la región.

Desde el puente del pueblo, se tiraron a sus aguas, pero en ese mismo momento, bajó una poderosa oleada de agua de lluvia, que los echó de manera impresionante hacia la orilla. Los tres se quedaron desconcertados, y a uno de ellos se le ocurrió una idea: “¡Esto se debe a la medallita de la Virgen!; esa que llevamos los tres en nuestro cuello, que nuestras madres nos han puesto. Quitémonos esta superstición de nuestras madres y ya todo se arreglará…”

Dos de ellos se arrancaron con rabia la medalla de la Virgen santa y se arrojaron nuevamente al torbellino de las fuertes aguas caudalosas del crecido río. Un turbión de aguas violentísimas los arrastró en medio de palos y basura, y desaparecieron los dos entre ese abismo de furiosas aguas.

El tercer joven no se atrevió a arrancarse del cuello la medalla de la Virgen, porque a pesar de toda su vida descarriada, guardaba en su corazón el amor sincero y puro que su madre le había inculcado a la Madre del Cielo y hacia su sagrada imagen. Y al ver desaparecer a sus dos compañeros entre las turbias aguas, se puso a reflexionar: “Así se los llevaron los vicios y la impiedad a la perdición. A mí me salvó la Virgen María. Estuve a un minuto de mi condenación eterna y la Madre de Dios me libró de esta locura”.

Y se volvió triste y pensativo, al igual que asustado, a su barrio y a su casa.

En adelante cambió totalmente de conducta. Se unió a un grupo de la Parroquia donde había crecido, y ahí lo ayudaron, entre toda la comunidad, a vencer los vicios y a cambiar de vida. Empezó a ayudar en los afanes de la Iglesia, pasando de una cosa a otra, hasta ponerse a ayudar al párroco, que, con su buen ejemplo y excelente sacerdocio, lo impulsó a meterse al Seminario y consagrarse dentro de una Orden Religiosa Misionera. Él, ya lleva varios años trabajando alegre y plenamente satisfecho en las misiones del África (Extraído de “El Mensajero de la Virgen”, 1982).

Cuando con fe invocamos a nuestra Madre del Cielo, siempre obtenemos su favor. Por eso la Iglesia Universal, por siglos la ha llamado con los bellos títulos de “Salud de los enfermos”, “Refugio de los pecadores”, “Auxilio de los Cristianos”, y tantos otros…

A Ella, que trajo a La Palabra al mundo en la Encarnación, por amor a Dios y profunda fe, le decimos encomendándonos: “Madre Santa, salva a nuestra Patria, y conserva nuestra fe”.

ROSAS PARA LA VIRGEN:

Ofreceremos a la Virgen, durante los siguientes 4 días, la “Coronilla a las lágrimas de María”, también llamada la “Corona de los siete dolores de la Virgen”, pidiendo especialmente:

– Por la conversión del mundo.

– Por los enfermos de COVID-19 y sus familiares.

– Por todas las almas de quienes han fallecido a causa de la pandemia.

– Por la situación económica de todas las familias del mundo.

– Por la paz en todos los hogares y en todos los países del mundo, y por quienes los gobiernan.

– Para que la Santísima Virgen nos guarde de todo mal.

– Para que, por intercesión de María, el Señor nos alcance las gracias que necesitamos para ser mejores hijos de Dios y mejores miembros del ANE.

ACLARACIÓN: Esta Coronilla que rezaremos NO es la que rezamos como devoción en nuestro Apostolado con los Padrenuestros y Avemarías ni nuestras meditaciones habituales. Los Siete Dolores, por supuesto, son los mismos, pero esta es una versión breve, para estos próximos diez días.

Iniciaremos esta Coronilla como siempre se la hace, rezando el Credo de los Apóstoles, que es el que habitualmente rezamos en el ANE; luego rezamos la “oración inicial” y lo que sigue, como se indica a continuación:

CREDO DE LOS APÓSTOLES:

Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre, Todopoderoso.

Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos. Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

ORACIÓN INICIAL:

Con tus lágrimas, oh, Madre Dolorosa, destruye el dominio de los infiernos.

Con tu mansedumbre, Oh, Señor Jesucristo, Tú que estás desligado de cadenas, libra al mundo de los errores actuales. Oh, Jesús crucificado, postrados a tus pies, te ofrecemos las lágrimas de tu Santísima Madre, que te acompañó con ardiente y compasivo Amor, en el Doloroso camino de la Cruz.

Concédenos, oh, Buen Maestro, que sigamos de todo corazón, las enseñanzas que por medio de sus lágrimas nos ha dado, para que, cumpliendo con tu Santísima Voluntad en la tierra, nos hagamos dignos del honor de alabarte en el cielo por toda la eternidad. Te lo pedimos a Ti, que vives y reinas por los siglos de los siglos, Amén.

Los 7 Dolores de la Santísima Virgen:

Primer Dolor: Al oír la profecía de Simeón, de que su Hijo iba a morir y que su alma sería traspasada por una espada.

Meditación: “Me compadezco, Madre Dolorosa, por el dolor que padeciste con el anuncio de Simeón cuando dijo que tu corazón sería el blanco de la Pasión de tu Hijo. Haz, Madre Mía, que sienta en mi interior la Pasión de tu Hijo y tus dolores, para que esto me ayude en mi Conversión”.

Intención: Por la conversión del mundo, empezando en nosotros, pecadores, que meditaremos estos misterios de dolor de nuestra Madre.

En lugar del Padre Nuestro se dirá:

  1. Oh Jesús, mira las lágrimas de quien tanto te amó en la tierra.
  2. Y que te ama aún más ardientemente en el cielo.

En lugar de las siete Avemarías se dirá (7 veces):

  1. Oh Jesús, oye nuestras oraciones.
  2. Por las lágrimas de tu Santísima Madre, la Virgen María

Segundo dolor: La huida a Egipto

Meditación: “Me compadezco, Madre Dolorosa, por el dolor que padeciste en el destierro a Egipto, pobre y necesitada en aquel largo camino. Haz, Señora, que sea libre de las persecuciones de mis enemigos”

Intención: Por los enfermos de COVID-19 y sus familiares: que por intercesión de nuestra Madre del Cielo, el Señor alivie sus sufrimientos y les dé fortaleza.

En lugar del Padre Nuestro se dirá:

  1. Oh Jesús, mira las lágrimas de quien tanto te amó en la tierra,
  2. Y que te ama aún más ardientemente en el cielo.

En lugar de las siete Avemarías se dirá (7 veces):

  1. Oh Jesús, oye nuestras oraciones.
  2. Por las lágrimas de tu Santísima Madre, la Virgen María

Tercer Dolor: El Niño Jesús perdido por 3 días

Meditación: “Me compadezco, Madre Dolorosa, por el dolor que padeciste con la pérdida de tu Hijo durante tres días en Jerusalén. Concédeme lágrimas de verdadero dolor para llorar culpas por las veces que he perdido a mi Dios en el camino de la vida”

Intención: Por todas las almas que se nos han adelantado en el camino de regreso a la Casa del Padre, a causa de la pandemia, para que Dios las reciba pronto en Su Gloria, y para que el Señor, Rico en Misericordia, les dé la fortaleza y resignación a sus familiares y amigos ante el dolor de la pérdida.

En lugar del Padre Nuestro se dirá:

  1. Oh Jesús, mira las lágrimas de quien tanto te amó en la tierra,
  2. Y que te ama aún más ardientemente en el cielo.

En lugar de las siete Avemarías se dirá (7 veces):

  1. Oh Jesús, oye nuestras oraciones.
  2. Por las lágrimas de tu Santísima Madre, la Virgen María

Cuarto dolor: El encuentro de la Virgen María con Jesús, cargando la Cruz en el camino al Calvario

Meditación: “Me compadezco, Madre Dolorosa, por el dolor que padeciste al ver a tu Hijo con la cruz sobre los hombros, caminando al Calvario entre burlas, ultrajes y caídas. Ayúdame, Señora, para que lleve con paciencia la cruz de las mortificaciones y de los esfuerzos cotidianos”

Intención: Por la situación económica de todas las familias del mundo, y por todos los desafíos que se vienen en adelante; para que la Virgen nos cubra a todos con maternal Manto, y nos ate a Su Inmaculado Corazón.

En lugar del Padre Nuestro se dirá:

  1. Oh Jesús, mira las lágrimas de quien tanto te amó en la tierra,
  2. Y que te ama aún más ardientemente en el cielo.

En lugar de las siete Avemarías se dirá (7 veces):

  1. Oh Jesús, oye nuestras oraciones.
  2. Por las lágrimas de tu Santísima Madre, la Virgen María

Quinto dolor: La crucifixión y muerte de Jesús

Meditación: “Me compadezco, Madre Dolorosa, por el dolor que padeciste al ver morir a tu Hijo, clavado en la cruz entre dos ladrones. Ayúdame, Señora, a crucificar diariamente mis debilidades, vicios y pasiones”

Intención: Por la paz en todos los hogares y en todos los países del mundo. Por los que gobiernan las naciones; para que el Espíritu Santo los ilumine y guíe ante la nueva situación, los riesgos y las oportunidades que enfrentarán las sociedades del mundo ahora.

En lugar del Padre Nuestro se dirá:

  1. Oh Jesús, mira las lágrimas de quien tanto te amó en la tierra,
  2. Y que te ama aún más ardientemente en el cielo.

En lugar de las siete Avemarías se dirá (7 veces):

  1. Oh Jesús, oye nuestras oraciones.
  2. Por las lágrimas de tu Santísima Madre, la Virgen María
  3. Oh Jesús, mira las lágrimas de quien tanto te amó en la tierra,
  4. Y que te ama aún más ardientemente en el cielo

Sexto Dolor: El Cuerpo de Jesús es bajado de la Cruz y colocado en los brazos de su Madre

Meditación: “Me compadezco, Madre Dolorosa, por el dolor que padeciste al recibir en tus brazos aquel santísimo cuerpo difunto y desangrado, con tantas llagas y heridas. Haz, Señora, que mi corazón viva herido de amor y muerto a todo lo mundano.”

Intención: Para que la Santísima Virgen nos guarde de todo mal del cuerpo y del alma; sea nuestro amparo, nuestro auxilio y nuestro perpetuo socorro; eficaz abogada e intercesora, verdaderamente una Madre, para todos nosotros.

En lugar del Padre Nuestro se dirá:

  1. Oh Jesús, mira las lágrimas de quien tanto te amó en la tierra,
  2. Y que te ama aún más ardientemente en el cielo.

En lugar de las siete Avemarías se dirá (7 veces):

  1. Oh Jesús, oye nuestras oraciones.
  2. Por las lágrimas de tu Santísima Madre, la Virgen María

Séptimo Dolor: Por la soledad en que se quedó al sepultar a su Divino Hijo

Meditación: “Me compadezco, Madre Dolorosa, por el dolor que padeciste en tu soledad, sepultado ya tu Hijo. Haz, Señora, que yo quede sepultado a todo lo terreno y viva sólo para Ti y sienta en mi interior la Pasión de tu Hijo y tus dolores.”

Intención: Para que por intercesión de María, el Señor nos alcance las gracias, dones y talentos que necesitamos para ser mejores hijos de Dios y mejores miembros del ANE: personas de paz y de servicio; testigos y promotores del amor y la misericordia en los lugares donde nos desenvolvemos, transmitiendo fe, esperanza y caridad, especialmente a quienes más lo necesitan.

En lugar del Padre Nuestro se dirá:

  1. Oh Jesús, mira las lágrimas de quien tanto te amó en la tierra,
  2. Y que te ama aún más ardientemente en el cielo.

En lugar de las siete Avemarías se dirá (7 veces):

  1. Oh Jesús, oye nuestras oraciones.
  2. Por las lágrimas de tu Santísima Madre, la Virgen María

Oración final:

¡Oh, María, Madre del Amor, del dolor y de la compasión, te rogamos que unas nuestras oraciones con las tuyas, para que Jesús, tu Hijo Divino a Quien invocamos, oiga nuestras súplicas, en nombre de tus lágrimas Maternales, y nos conceda la Paz que tan ardientemente buscamos, para que así podamos obtener la corona de la vida eterna. Amén.

 LETANÍAS:

Señor ten piedad de nosotros… Señor ten piedad de nosotros

Cristo ten piedad de nosotros… Cristo ten piedad de nosotros

Señor ten piedad de nosotros… Señor ten piedad de nosotros

Cristo óyenos… Cristo óyenos

Cristo escúchanos… Cristo escúchanos

Padre Celestial, que eres Dios… Ten piedad de nosotros

Hijo, Redentor del mundo, que eres Dios… Ten piedad de nosotros

Espíritu Santo, que eres Dios… Ten piedad de nosotros

Trinidad Santa, que eres un solo Dios, ten piedad y misericordia de nosotros

Ahora se contesta:  RUEGA POR NOSOTROS

Santa maría,

Santa Madre de Dios,

Santa Virgen de las Vírgenes,

Madre en el Corazón Crucificada,

Madre Dolorosa,

Madre llorosa,

Madre afligida,

Madre desamparada,

Madre desolada,

Madre de tu Hijo privada,

Madre por una espada de dolor traspasada,

Madre de penas consumida,

Madre llena de angustias,

Madre con el corazón en la Cruz clavada,

Madre tristísima,

Fuente de lágrimas,

Colina de tormentos,

Espejo de paciencia,

Peña dura de constancia,

Ancora de la esperanza,

Refugio de los desamparados,

Escudo de los oprimidos,

Vencedora de los incrédulos,

Consuelo de los miserables,

Medicina de los enfermos,

Fortaleza de los débiles,

Puerto de los que naufragan,

Calma de las tempestades,

Recurso de los afligidos,

Temor de los que ponen acechanzas,

Tesoro de los fieles,

Ojo de los Profetas,

Báculo de los Apóstoles,

Corona de los Mártires,

Juez de los Confesores,

Perla de las Vírgenes,

Consuelo de las viudas,

Alegría de todos los Santos,

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo… Perdónanos Señor.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo… Escúchanos Señor.

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo…Ten piedad de nosotros.

Ruega por nosotros, Virgen Dolorosísima, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de tu Hijo Santísimo, nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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